Pilar
Y las cosas parecìan simplificarse en casa, donde todo se volvìa rudo, pero sincero y accidentalmente desnudo y verdadero. Entonces, era entrar a la ducha, entregarse al agua, entregarse al dominio preconciente y de golpe, mamà gritando "¿Ya terminaste?", preocupada porque el pozo ciego no desbande. Y uno que, ofuscado, respondìa para sì, mordièndose los labios, puteando al aire (y a mamà por supuesto, que quitaba del foco a Betty Page) y finalmente, declaràndole tan verdaderamente que no, mamà, que no terminè, que tan triste como verìdico, no terminè mamà. (y vuelve uno a putear y con muchìsima suerte a concentrarse nuevamente).
Por esos dìas, entonces, caer en casa lo dejaba a uno con gusto a poco, y en doble (y endeble) vereda. A veces, uno llegaba a acostumbrarse, casi dirìa que a pasarla bien. (Pese a exabruptos como los que recièn te nombraba) Justo en esos momentos, en medio de esa casi alegrìa (¿alergia, dijiste?), de lograr sentirse a gusto, el olor a combustible quemado se dejaba percibir desde la entrada de la quinta, acompañado del sonido a lata derrumbàndose, sonido que se sucedìa en ciclos monocordes y constantes, repetibles ante cada vez que el neumàtico completaba una vuelta entera sobre su propio eje.
Olor, sonido; y luego ver al celador coquetear con la negra Susana; y sentir el picaporte frìo y lleno de barro, el cuàl apretaba con màs bronca que fuerza; y ahì de nuevo, el gusto a poco. Y volver al colegio ya no deberìa parecerme tan malo, y si presentir ese auto (que en realidad se resumìa a conocer su horario de llegada, fijo como las escapadas a Pilar) me hacìa creer de la posesión de un sexteto de sentidos, no me daba cuenta que en realidad, la presunciòn de otra semana màs en puerta, de otra semana menos, nos plantaba en la cara a portazo limpio un nùmero tan perfecto y eclesiàstico como el colegio: he ahì, sin tenerlo en cuenta, el triste nacimiento del sèptimo sentido.
Por esos dìas, entonces, caer en casa lo dejaba a uno con gusto a poco, y en doble (y endeble) vereda. A veces, uno llegaba a acostumbrarse, casi dirìa que a pasarla bien. (Pese a exabruptos como los que recièn te nombraba) Justo en esos momentos, en medio de esa casi alegrìa (¿alergia, dijiste?), de lograr sentirse a gusto, el olor a combustible quemado se dejaba percibir desde la entrada de la quinta, acompañado del sonido a lata derrumbàndose, sonido que se sucedìa en ciclos monocordes y constantes, repetibles ante cada vez que el neumàtico completaba una vuelta entera sobre su propio eje.
Olor, sonido; y luego ver al celador coquetear con la negra Susana; y sentir el picaporte frìo y lleno de barro, el cuàl apretaba con màs bronca que fuerza; y ahì de nuevo, el gusto a poco. Y volver al colegio ya no deberìa parecerme tan malo, y si presentir ese auto (que en realidad se resumìa a conocer su horario de llegada, fijo como las escapadas a Pilar) me hacìa creer de la posesión de un sexteto de sentidos, no me daba cuenta que en realidad, la presunciòn de otra semana màs en puerta, de otra semana menos, nos plantaba en la cara a portazo limpio un nùmero tan perfecto y eclesiàstico como el colegio: he ahì, sin tenerlo en cuenta, el triste nacimiento del sèptimo sentido.
